Gracias eternas, Capitán

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Todavía duele. No solamente por una final perdida. Duele porque, mientras la Selección dejaba todo en la cancha, millones de argentinos sentimos que comenzábamos a despedirnos de Lionel Messi. Quizás dentro de algunos años recordemos este Mundial no solo por el subcampeonato, sino por haber sido el momento en que comprendimos que incluso las historias más grandes tienen un final. Y que los ídolos, por extraordinarios que sean, también están alcanzados por el tiempo.

En medio de esa tristeza colectiva, el periodista Diego Sehinkman, durante el noticiero central de TN, encontró palabras que probablemente expresen mejor que ninguna otra lo que muchos argentinos sentimos. No habló de conspiraciones, de culpables ni de arbitrajes. Habló de algo mucho más profundo: del valor de los procesos, de aprender a reconocer el mérito de quien llega segundo y de la necesidad de agradecer antes que condenar.

Su reflexión invita a abandonar ese viejo reflejo argentino que durante décadas convirtió cualquier segundo puesto en sinónimo de fracaso. Como recuerda Sehinkman, hubo tiempos en que deportistas extraordinarios como Carlos Reutemann o Gabriela Sabatini cargaron injustamente con esa etiqueta. Hoy parece comenzar a consolidarse una sociedad más madura, capaz de valorar el recorrido y no solamente el resultado final.

Pero hubo otro momento de su comentario que probablemente quedará grabado en la memoria colectiva. Fue cuando habló de la lágrima de Messi. Esa lágrima que millones vimos al terminar la final y que, según Sehinkman, marcó el comienzo de un duelo silencioso: el de comprender que estamos asistiendo al cierre de una de las carreras deportivas más extraordinarias de todos los tiempos.

En La Voz Disruptiva, cuando comenzó este Mundial, publicamos la nota Messi, la Selección y la extraña costumbre de dividir lo que nos une. Advertíamos entonces sobre una tendencia muy argentina: convertir incluso aquello que despierta orgullo colectivo en motivo de enfrentamiento interno. Lamentablemente, la derrota volvió a mostrar que esa tentación sigue presente.

Siempre existirán quienes busquen explicaciones sencillas para derrotas complejas. También quienes, desde otros países, aprovechen la ocasión para descalificar a los argentinos con estereotipos injustos. Ninguna de esas reacciones merece ocupar el centro de la escena.

Lo verdaderamente importante ocurrió dentro de la cancha.

Un grupo de jugadores volvió a representar al país con profesionalismo, humildad y dignidad. Un cuerpo técnico consolidó uno de los procesos deportivos más exitosos de nuestra historia. Y un capitán, que durante casi dos décadas cargó sobre sus hombros las ilusiones de millones de personas, volvió a demostrar que el liderazgo no siempre consiste en levantar una copa; muchas veces consiste en enseñar cómo se compite, cómo se persevera y también cómo se acepta una derrota.

Quizás el mayor legado de Lionel Messi no sean solamente los títulos conquistados.

Tal vez sea haber ayudado a que una generación de argentinos entendiera que el éxito no nace de un instante de gloria, sino de años de trabajo silencioso, esfuerzo y perseverancia.

No es solamente una nota de agradecimiento. Es también una nota de dolor. De duelo por comprender que comenzamos a despedir a quien nos regaló algunos de los momentos más felices de nuestra historia deportiva. Y de inmensa gratitud por todo lo vivido.

Gracias eternas, Capitán.


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