Cuando una sociedad convierte incluso sus mayores alegrías en motivo de enfrentamiento, el problema ya no está en el fútbol. Está en algo más profundo: nuestra dificultad para construir espacios comunes.
Por La Voz Disruptiva
En los últimos días llamó la atención una discusión que, vista desde afuera de la Argentina, resulta difícil de comprender.
Algunos sectores comenzaron a cuestionar nuevamente a Lionel Messi. Esta vez no por su rendimiento deportivo, ni por una derrota, ni siquiera por una decisión relacionada con el fútbol. El motivo fue una fotografía y un saludo protocolar con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
A partir de allí aparecieron comentarios sorprendentes.
Que en Argentina “no había clima mundialista”.
Que “ya no acompañaban a la Selección”.
Que Messi representaba “determinados intereses” (interprétese como no populares).
Que los jugadores “están llenos de plata”.
Que viven alejados de la realidad (nuestra y del mundo).
Que son “desclasados” (Desclasado: Según el diccionario “Se refiere a alguien que actúa en contra de los intereses de su propia clase social o que reniega de sus orígenes”)
Incluso algunos llegaron a expresar que preferían que la Selección no tuviera éxito.
Más allá de que esos comentarios representen o no a una mayoría, dejan una pregunta interesante para reflexionar.
¿Por qué los argentinos parecemos tener tanta facilidad para dividir incluso aquello que nos une?
La cultura del antagonismo
La palabra “grieta” se ha vuelto habitual para describir nuestra vida pública. Sin embargo, quizás exista una definición más precisa. No se trata solamente de “una grieta”.
Se trata de una cultura del antagonismo. Una tendencia casi automática a transformar cualquier hecho en una confrontación.
Si aparece un gobierno, surgen inmediatamente los anti. Si aparece una oposición, también.
Si aparece un empresario exitoso, será cuestionado. Si aparece un sindicalista, también.
Si aparece un periodista, un artista, un deportista o una institución respetada, tarde o temprano alguien sentirá la necesidad de construir una división alrededor de ellos.
Como si existiera una incomodidad frente a los consensos. Como si los espacios compartidos fueran vistos con sospecha.
Como si necesitáramos permanentemente encontrar motivos para diferenciarnos antes que razones para encontrarnos.
Messi y el pecado argentino del éxito
El caso de Messi resulta particularmente interesante.
Durante años fue cuestionado por no cantar el himno. Después por haberse ido demasiado joven a España. Más tarde por no ganar títulos con la Selección. Luego por no demostrar suficiente liderazgo.
Y cuando finalmente ganó todo lo que podía ganar, aparecieron nuevas críticas.
Ahora algunos lo cuestionan porque tiene dinero. Porque viste ropa cara. Porque viaja en avión privado. Porque vive una vida que no se parece a la del niño que salió de Rosario hace más de dos décadas.
Detrás de esas críticas parece esconderse una idea muy argentina: el éxito es aceptable siempre y cuando no se note demasiado.
Nos gusta que alguien triunfe. Pero no tanto.
Nos gusta que alguien progrese. Pero no demasiado.
Nos gusta que alguien salga adelante. Pero sin alejarse de la situación de la que partió.
Como si existiera una obligación moral de permanecer siempre en el mismo lugar.
Sin embargo, Messi hizo exactamente aquello que millones de personas aspiran a hacer: desarrollar su talento, esforzarse, competir y mejorar su calidad de vida.
No parece una conducta reprochable. Parece una historia de éxito.
La mirada de Loris Zanatta
Aquí aparece una reflexión que probablemente interesaría al historiador italiano Loris Zanatta.
Zanatta suele señalar que buena parte de América Latina construyó una cultura política donde la igualdad moral ocupa un lugar central, mientras que el éxito individual suele despertar sospechas.
No importa tanto cómo se obtuvo el éxito. Lo importante es que alguien se destacó. Y cuando alguien se destaca, automáticamente aparecen quienes consideran necesario bajarlo del pedestal.
Es un fenómeno que atraviesa la política, la economía, la cultura y también el deporte.
La Argentina admira a sus héroes. Pero muchas veces también necesita discutirlos. Incluso cuando esos héroes representan logros colectivos.
Lo que la Selección logró
Quizás por eso resulte tan llamativo lo que consiguió esta generación de futbolistas. La Selección campeona del mundo logró algo que parecía imposible: Unir.
Durante Qatar 2022 millones de argentinos salieron a las calles. Personas de distintas edades. De distintas provincias. De distintas posiciones políticas. De distintos niveles económicos.
Durante algunos días desaparecieron las diferencias. No porque todos pensaran igual. Sino porque todos compartían una misma alegría. Eso tiene un enorme valor social. Mucho mayor del que solemos reconocer.
Porque las sociedades no viven solamente de sus conflictos. También necesitan símbolos comunes. Necesitan historias compartidas. Necesitan sentirse parte de algo más grande que sus diferencias.
Lo que deberíamos aprender
Tal vez la discusión alrededor de Messi no diga demasiado sobre Messi. Tal vez diga mucho sobre nosotros.
Sobre nuestra tendencia a sospechar. A dividir. A etiquetar. A reducir cualquier hecho a una disputa política. Y sobre nuestra dificultad para celebrar sin condiciones.
No se trata de estar de acuerdo con todo lo que haga Messi. Ni de pensar igual que él. Ni siquiera de admirarlo.
Se trata de comprender que una sociedad sana necesita algunos espacios donde la identidad común sea más importante que las diferencias. Porque los países no se construyen únicamente sobre desacuerdos.
También se construyen sobre acuerdos mínimos. Sobre afectos compartidos.
Sobre símbolos que permitan reconocernos como parte de una misma comunidad.
“Cuando una sociedad empieza a discutir incluso aquello que la une, el problema ya no está en Messi ni en la Selección. Está en nuestra dificultad para convivir con el éxito, con la diversidad y con la idea misma de comunidad.”
Reconstruyendo el diálogo
Quizás una de las tareas más importantes de los próximos años sea recuperar la capacidad de convivir con quienes piensan distinto sin convertir cada diferencia en una guerra cultural.
La Argentina enfrenta desafíos económicos, sociales e institucionales enormes. Necesitará más acuerdos que enfrentamientos. Más confianza que sospecha. Más construcción que demolición.
Messi pasará. Esta generación de futbolistas también. Como pasaron tantas otras.
Pero la pregunta seguirá vigente. ¿Queremos seguir siendo una sociedad que encuentra nuevos motivos para dividirse?
¿O estamos dispuestos a aprender a cuidar aquello que todavía nos une?
Porque construir siempre será más difícil que romper. Y porque los países que progresan no son los que viven buscando enemigos, sino los que descubren objetivos comunes capaces de reunirlos alrededor de una misma esperanza.
Fuente: Elaboración propia de La Voz Disruptiva a partir de la reflexión del autor y de la columna publicada en La Nación sobre el debate en torno a Lionel Messi y la Selección Argentina.
