Inteligencia artificial: ¿regular es frenar o poner reglas para poder avanzar?

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La inteligencia artificial despierta entusiasmo, pero también temores. El desafío no es elegir entre aceptarla sin límites o convertirla en un enemigo: es distinguir qué riesgos requieren reglas, qué derechos deben protegerse y qué innovaciones conviene dejar avanzar.

La conversación sobre inteligencia artificial está entrando en una etapa distinta. Durante los últimos años discutimos qué podía hacer, qué trabajos podía transformar y hasta dónde podía llegar. Hoy empieza a aparecer otra pregunta, probablemente más difícil: ¿cómo convivimos con una tecnología tan poderosa sin renunciar a sus beneficios ni entregarles a unos pocos la capacidad de decidir por todos?

El miedo existe y no conviene subestimarlo. En conversaciones cotidianas aparece una idea sencilla y poderosa: “la IA nos va a reemplazar”, “nos va a manejar” o terminará tomando decisiones que antes correspondían a las personas. Es comprensible que una tecnología que avanza con semejante velocidad produzca incertidumbre. Pero el miedo tampoco debería convertirse en política tecnológica.

La historia está llena de innovaciones que desplazaron tareas, modificaron profesiones y obligaron a aprender cosas nuevas. Eso no significa que cualquier cambio sea necesariamente bueno. Significa algo diferente: frente a una transformación tecnológica, la respuesta más útil rara vez consiste en intentar detenerla. Consiste en comprenderla, aprovecharla y establecer límites allí donde existan riesgos concretos.

No toda regulación es la misma

Hablar de “regular la IA” como si se tratara de una sola decisión confunde más de lo que aclara. Una cosa es proteger derechos de autor; otra, exigir que una persona pueda revisar una decisión automatizada que afecta un crédito o un empleo. También son problemas distintos la privacidad de los datos, la responsabilidad por un daño, la seguridad de sistemas avanzados o el uso de inteligencia artificial en infraestructura crítica.

Por eso, la pregunta no debería ser simplemente si hay que regular o no. La pregunta útil es qué debe regularse, para qué, con qué evidencia y evitando que una norma pensada para reducir un riesgo termine impidiendo usos que generan conocimiento, productividad o bienestar.

Una advertencia que viene desde adentro

Una columna de Kevin Roose, publicada originalmente por The New York Times y reproducida por Ámbito, aporta un dato interesante: la preocupación ya no proviene solamente de críticos externos a la tecnología. Investigadores, empleados y dirigentes de algunas de las principales empresas de inteligencia artificial discuten públicamente mecanismos de seguridad, evaluaciones independientes y posibles límites para los desarrollos de frontera.

El propio Roose, sin embargo, conserva una mirada esperanzada. Señala que existen aplicaciones específicas —entre ellas la medicina y la ciencia— en las que el avance de la IA puede ofrecer enormes beneficios. Su planteo permite escapar de una falsa opción: no es necesario elegir entre acelerar todo sin controles o paralizar todo por temor.

También plantea otra cuestión razonable: quienes desarrollan la tecnología conocen mucho sobre ella, pero no deberían ser los únicos que definan sus reglas. Las decisiones necesitan incorporar científicos, filósofos, artistas, educadores, juristas, usuarios y gobiernos. No para sustituir al innovador, sino porque los efectos de la innovación alcanzan a toda la sociedad.

León XIV: prudencia no significa rechazo

La reciente posición de León XIV merece leerse con la misma precaución. En la encíclica Magnifica Humanitas reconoce que la inteligencia artificial puede ofrecer beneficios concretos en numerosos campos. Su preocupación aparece cuando sistemas automatizados intervienen en decisiones que afectan derechos, oportunidades, reputación, trabajo o acceso al crédito sin que quede claro quién responde por sus consecuencias.

El Papa reclama responsabilidad, transparencia y gobernanza. Incluso sostiene que pedir prudencia, controles y, en determinados casos, una adopción más lenta no equivale a estar contra el progreso. Puede discutirse hasta dónde debería llegar esa regulación, pero la distinción es importante: cuestionar determinados usos de la IA no equivale a cuestionar la inteligencia artificial como herramienta.

El conocimiento también tiene autores

Hay además un problema que irá creciendo: las inteligencias artificiales no aparecieron de la nada. Se apoyan, directa o indirectamente, en una enorme acumulación de textos, imágenes, investigaciones, experiencias y conocimientos producidos por seres humanos.

Podríamos llamarlo la plusvalía del conocimiento: una tecnología capaz de transformar el conocimiento acumulado por la humanidad en nuevos servicios, productos y valor económico. La pregunta no es si debe hacerlo —esa capacidad constituye precisamente una de sus grandes fortalezas—, sino cómo reconocer los derechos de quienes produjeron parte de ese conocimiento sin bloquear el aprendizaje, la investigación y la innovación.

Ni ingenuidad ni miedo

La inteligencia artificial probablemente transformará profesiones, empresas, educación, medicina, investigación científica y nuestra vida cotidiana. Algunas tareas desaparecerán, otras cambiarán y aparecerán actividades que hoy todavía no imaginamos. Frente a eso existen dos tentaciones igualmente pobres: creer que toda innovación tecnológica será necesariamente beneficiosa o suponer que cada avance constituye una amenaza.

La regulación puede formar parte de esa construcción, siempre que no nazca del miedo ni de la pretensión de controlar lo que todavía no comprendemos. Debería concentrarse allí donde existen derechos, responsabilidades y riesgos identificables, y dejar espacio para experimentar, investigar y producir.

Tal vez ese sea el cambio más importante de esta etapa. Ya no alcanza con preguntarnos si la IA es buena o mala. Una herramienta de semejante potencia será, en buena medida, aquello que las sociedades sean capaces de hacer con ella.

Comprender antes que prohibir

La Voz Disruptiva viene siguiendo esta discusión desde 2023, cuando publicamos posiciones favorables a establecer regulaciones y también opiniones que advertían sobre el peligro de hacerlo demasiado pronto. Después llegaron las discusiones sobre empleo, profesiones, productividad y, más recientemente, sobre la posibilidad de una inteligencia superior.

Quizás el debate esté madurando. No se trata de elegir entre tecnofilia y tecnofobia. Se trata de algo bastante más difícil: aprovechar una extraordinaria herramienta de conocimiento y productividad, establecer límites concretos cuando sean necesarios y conservar siempre la responsabilidad humana sobre las decisiones humanas.

“Regular no debería significar ponerle un freno al futuro. Debería significar construir las reglas necesarias para poder llegar a él sin miedo y sin entregar nuestra responsabilidad“.

Fuentes

• Kevin Roose, The New York Times, reproducido por Ámbito, 24 de septiembre de 2026: “El mundo está hablando de los peligros de la IA, es momento de actuar”.

• León XIV, Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 15 de mayo de 2026, especialmente el capítulo dedicado a inteligencia artificial, responsabilidad, transparencia y gobernanza.

• Archivo de La Voz Disruptiva sobre inteligencia artificial, 2023–2026.