Cada 11 de septiembre la Argentina recuerda a Domingo Faustino Sarmiento y celebra el Día del Maestro. Es justo hacerlo por su extraordinaria obra educativa. Pero reducirlo solamente al “padre del aula” sería dejar afuera buena parte de su dimensión histórica. Sarmiento fue también un hombre que imaginó un país diferente al que había recibido y dedicó buena parte de su vida a construir las instituciones necesarias para acercarlo al mundo moderno de su tiempo.
De San Juan al mundo
Domingo Faustino Sarmiento nació en San Juan el 15 de febrero de 1811, en una familia de recursos modestos y en una provincia que estaba muy lejos —no solamente en kilómetros— del centro político y cultural que representaba Buenos Aires.
Su historia personal tiene, por eso mismo, algo extraordinariamente moderno: es una historia de tenacidad, curiosidad y superación.
Su educación formal fue limitada. Buena parte de su formación posterior fue autodidacta: estudió matemática, latín, teología y otras disciplinas por sus propios medios.
Hay un episodio de su adolescencia particularmente revelador.
En 1825, cuando tenía 14 años, debía elegirse a seis jóvenes de San Juan para continuar sus estudios, becados por el Estado, en Buenos Aires. Sarmiento era uno de los alumnos más destacados de su provincia, pero finalmente no fue elegido.
Aquella frustración probablemente dejó una huella profunda. El propio recorrido posterior de su vida parece responder a una convicción que fue creciendo desde entonces: la educación no podía ser el privilegio de quienes tenían dinero, relaciones o la fortuna de haber nacido en determinado lugar.
El conocimiento debía estar al alcance de todos.
Su enemigo fue la ignorancia
El portal Educ.ar resume de una manera notable buena parte de su vida: Sarmiento tuvo un enemigo persistente, la ignorancia, y la combatió desde la educación, pero también desde el periodismo, la literatura, la política, los viajes y la función pública.
Para él, educar no significaba solamente enseñar a leer y escribir.
Significaba formar ciudadanos. Significaba ofrecer oportunidades. Significaba romper las barreras que separaban al pobre del rico y permitir que el lugar de nacimiento no determinara inevitablemente el destino de una persona.
Por eso defendió una educación común y extendida, destinada a hombres y mujeres y particularmente a aquellos que no podían pagarla. También impulsó la enseñanza de la ciencia y de las disciplinas que consideraba necesarias para el desarrollo de una sociedad moderna.
Hay allí una idea que conserva una enorme actualidad: una sociedad democrática no se construye solamente votando; necesita ciudadanos educados capaces de ejercer su libertad.
El presidente que construía escuelas
Cuando llegó a la Presidencia de la Nación en 1868, Sarmiento convirtió aquella obsesión personal en política de Estado.
Durante sus seis años de gobierno se fundaron centenares de establecimientos educativos y se multiplicó extraordinariamente la matrícula escolar. Las cifras varían ligeramente según las fuentes, pero coinciden en la magnitud del salto: de alrededor de 30.000 alumnos al comienzo de su gobierno a aproximadamente 100.000 o más al finalizarlo.
Pero había comprendido algo todavía más importante: para tener escuelas había que tener maestros.
Por eso impulsó las escuelas normales destinadas a formarlos y recurrió incluso a docentes extranjeros, especialmente estadounidenses, para incorporar conocimientos y métodos pedagógicos que consideraba avanzados.
No tenía temor de mirar afuera. Por el contrario, viajó, observó otros sistemas educativos, estudió experiencias extranjeras y procuró adaptar aquello que consideraba útil para la Argentina.
Su nacionalismo no consistía en aislar al país del mundo, sino precisamente en darle las herramientas necesarias para competir y progresar dentro de él.
Mucho más que escuelas
Esa misma concepción explica por qué su presidencia no puede comprenderse solamente desde la educación.
Sarmiento quería incorporar a una Argentina todavía rural, escasamente poblada y con enormes distancias interiores al mundo tecnológico y científico del siglo XIX.
Durante su gobierno se realizó en 1869 el primer Censo Nacional de población, una herramienta elemental para que el Estado pudiera saber cuántos habitantes tenía y conocer mejor el país que debía administrar.
Impulsó la expansión del telégrafo, los ferrocarriles y las comunicaciones, porque entendía que un territorio inmenso necesitaba estar conectado.
Promovió la ciencia y creó instituciones que sobrevivieron largamente a su gobierno.
En 1871 inauguró el Observatorio Astronómico de Córdoba y, al año siguiente, se creó la Oficina Meteorológica, antecedente del actual Servicio Meteorológico Nacional.
También durante aquellos años se crearon o impulsaron la Academia Nacional de Ciencias, la Escuela Normal de Paraná, colegios nacionales, bibliotecas populares, el Colegio Militar y otras instituciones destinadas a dotar al Estado argentino de capacidades que prácticamente no existían.
Sarmiento no administraba solamente el país que tenía. Intentaba construir el país que imaginaba.
Una formidable confianza en el futuro
Quizás esa sea una de las características que más impresionan al observar su trayectoria desde la Argentina actual.
Sarmiento podía ser vehemente, polémico, contradictorio y muchas de sus expresiones y posiciones deben ser analizadas dentro de los conflictos de su siglo. Como toda gran figura histórica, admite discusión y revisión.
Pero resulta mucho más difícil discutir la dimensión de su obra. Porque detrás de ella existía algo que a veces parece escasear en la política argentina: una idea de futuro.
Creía que la Argentina podía progresar. Creía que para hacerlo necesitaba escuelas, maestros, científicos, comunicaciones, bibliotecas e instituciones. Y, fundamentalmente, creía que el Estado debía ayudar a construirlas.
No esperó que aparecieran espontáneamente. Las creó.
El padre del aula
Por eso el título de “padre del aula” no debería entenderse solamente como una referencia afectuosa al hombre que fundó escuelas. Es algo bastante más profundo. Sarmiento entendió que la escuela pública debía ser uno de los grandes espacios igualadores de la sociedad argentina.
Una escuela a la que pudiera concurrir el hijo del rico y el hijo del pobre. El habitante de Buenos Aires y el de una provincia alejada. El varón y la mujer. Una escuela capaz de ofrecer aquello que él mismo, siendo adolescente en San Juan, había tenido enormes dificultades para conseguir.
Décadas después, la Argentina consolidaría esos principios en su sistema de educación pública. La Ley 1420 de 1884 establecería la educación primaria común, gratuita y obligatoria y profundizaría una construcción institucional de la cual Sarmiento había sido uno de los principales impulsores.
Defender hoy una educación pública, universal, gratuita y de calidad no debería ser una consigna partidaria. Debería ser una política de Estado.
El cerebro más poderoso
Sarmiento murió el 11 de septiembre de 1888, en Asunción del Paraguay. Tenía 77 años.
Cuando sus restos fueron trasladados a Buenos Aires, Carlos Pellegrini pronunció ante su tumba una frase que atravesó el tiempo:

Tal vez no sea necesario coincidir con cada pensamiento, cada decisión o cada palabra de Sarmiento para reconocer la dimensión del personaje. Los argentinos tenemos una curiosa facilidad para dividirnos incluso alrededor de aquellas figuras y acontecimientos que podrían ayudarnos a encontrar algunos acuerdos fundamentales.
Sarmiento pertenece a nuestra historia con sus luces, sus controversias y las pasiones de su tiempo.
Pero también pertenece a ella por algo mucho más difícil de negar: dedicó su vida a imaginar una Argentina más educada, más moderna, más conectada con el conocimiento y con mayores oportunidades para sus habitantes.
Y convirtió buena parte de esas ideas en instituciones.
En este 11 de septiembre, Día del Maestro, quizás el mejor homenaje no sea solamente recordar al hombre. Sea recordar su convicción.
Que ningún país puede aspirar seriamente al progreso si no coloca a la educación en el centro de su futuro.
Fuentes: Elaboración LVD en base a La Nación, “Qué hizo Domingo Faustino Sarmiento y por qué se celebra el Día del Maestro en su honor”; portal Educ.ar, “Sarmiento: hechos y perspectivas”; y documentación histórica oficial del Estado argentino sobre la presidencia y obra institucional de Domingo Faustino Sarmiento.
