A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, las imágenes de las Torres Gemelas siguen formando parte de la memoria de una generación. Pero el 11-S fue mucho más que una tragedia que dejó casi tres mil muertos. Cambió la seguridad, la inteligencia, la política exterior de Estados Unidos y las relaciones internacionales. También terminó con una certeza que hasta entonces parecía difícil de discutir: que la mayor potencia del planeta era prácticamente invulnerable dentro de sus propias fronteras.
Hay fechas que uno recuerda porque las aprendió en los libros. Y hay otras que recuerda porque las vivió. El 11 de septiembre de 2001 pertenece a estas últimas.
Quienes teníamos edad suficiente aquel día probablemente recordemos dónde estábamos, qué hacíamos y con quién nos encontrábamos cuando comenzaron a llegar desde Nueva York aquellas imágenes difíciles de comprender.
Primero, un avión impactando contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center. Todavía podía pensarse en un accidente. Después llegó el segundo. Y entonces el mundo entendió que estaba presenciando algo diferente.
Una mañana que terminó con una ilusión
Los atentados dejaron 2.977 muertos y miles de heridos. Cuatro aviones comerciales habían sido secuestrados por integrantes de Al Qaeda. Dos fueron estrellados contra las Torres Gemelas de Nueva York, otro contra el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave.
Pero el impacto del 11-S excedió largamente aquella terrible cifra de víctimas.
Estados Unidos venía de atravesar una década excepcional. Había desaparecido la Unión Soviética, terminado la Guerra Fría y la potencia norteamericana parecía haber quedado prácticamente sin adversarios capaces de discutir su supremacía mundial.
El 11-S terminó abruptamente con esa sensación de seguridad. Una organización terrorista relativamente pequeña había conseguido atacar simultáneamente símbolos del poder económico y militar estadounidense utilizando como armas aviones comerciales secuestrados dentro del propio país.
La potencia militar más importante del mundo descubrió que también era vulnerable.
Las señales estaban, pero nadie logró unirlas
Veinticinco años después, uno de los aspectos más inquietantes continúa siendo comprobar que el ataque no apareció de la nada.
La CIA conocía desde hacía años la existencia de Al Qaeda y de su líder, Osama bin Laden. Tanto la CIA como el FBI disponían de información que podía haber resultado relevante.
El problema fue otro. Las distintas agencias no lograron compartir adecuadamente esa información ni relacionar las piezas disponibles para comprender lo que se estaba preparando.
La Comisión creada posteriormente para investigar los atentados habló de fallas de “imaginación, política, capacidades y gestión”. El 11-S fue, por eso, también un gigantesco fracaso de inteligencia.
Y esa experiencia produjo una transformación profunda. Estados Unidos reorganizó sus organismos de seguridad e inteligencia, creó nuevas estructuras de coordinación y amplió enormemente el intercambio de información entre agencias y con otros países.
Desde entonces, la seguridad aérea, los controles fronterizos, la vigilancia de las comunicaciones, la identificación biométrica y la cooperación internacional cambiaron radicalmente. Viajar en avión nunca volvió a ser exactamente lo mismo.
La guerra contra el terrorismo
Nueve días después de los atentados, el presidente George W. Bush declaró la denominada “guerra contra el terrorismo”.
Afganistán fue el primer escenario. Al Qaeda tenía allí su principal base operativa bajo la protección del régimen talibán. La intervención estadounidense consiguió expulsar inicialmente a los talibanes del poder y desarticular buena parte de la estructura de la organización terrorista.
Pero lo que comenzó como una respuesta al 11-S terminó convirtiéndose en una estrategia mucho más amplia.
El punto de inflexión fue Irak. Estados Unidos invadió ese país en 2003 argumentando, entre otras razones, la existencia de armas de destrucción masiva en poder del régimen de Saddam Hussein. Esas armas nunca fueron encontradas.
La guerra terminó rápidamente con Saddam, pero abrió un prolongado período de inestabilidad, violencia sectaria y enfrentamientos que modificarían profundamente el equilibrio de Medio Oriente.
Afganistán tampoco tendría el desenlace esperado. Después de casi veinte años de presencia militar occidental, Estados Unidos se retiró en 2021 y los talibanes recuperaron rápidamente Kabul. La enorme superioridad militar norteamericana había demostrado algo que después sería repetido muchas veces: ganar una guerra no significa necesariamente ganar la paz.
Más seguridad, pero también menos libertad
El cambio producido por el 11-S tampoco quedó limitado a la política exterior. Pocas semanas después de los atentados, Estados Unidos aprobó el Patriot Act, que amplió considerablemente las facultades estatales de vigilancia e investigación.
Se creó el Departamento de Seguridad Nacional, crecieron las capacidades de inteligencia y aumentaron los controles sobre movimientos de personas, comunicaciones y operaciones financieras. Buena parte del mundo occidental siguió el mismo camino.
La seguridad pasó a ocupar un lugar que no había tenido hasta entonces. Pero esa transformación abrió otro debate que todavía continúa: ¿hasta dónde puede avanzar un Estado en nombre de la seguridad sin afectar las libertades que pretende proteger?
Guantánamo, las detenciones sin juicio, las prácticas de interrogatorio y los abusos documentados en prisiones como Abu Ghraib terminaron dañando la autoridad moral de Estados Unidos y mostrando el difícil límite entre seguridad, derechos individuales y Estado de derecho.
Mientras Occidente miraba al terrorismo
Hay otra consecuencia del 11-S que sólo puede apreciarse con la perspectiva que ofrecen estos 25 años.
Durante buena parte de las primeras dos décadas del siglo XXI, Estados Unidos y sus principales aliados concentraron enormes recursos políticos, militares y de inteligencia en combatir el terrorismo, intervenir en Medio Oriente y enfrentar guerras e insurgencias. Mientras eso ocurría, el mundo seguía cambiando.
China aceleraba su crecimiento económico, tecnológico y militar. Rusia reconstruía capacidades y recuperaba ambiciones geopolíticas.
La propia BBC recoge una reflexión especialmente significativa del exjefe del servicio de inteligencia británico MI6, Alex Younger: Occidente pasó los primeros veinte años del siglo prácticamente concentrado en la lucha antiterrorista y no alcanzó a dimensionar suficientemente el ascenso de China como potencia y desafío estratégico.
El terrorismo no desapareció. Pero hoy comparte el escenario con amenazas muy diferentes: rivalidades entre Estados, guerras convencionales, ciberataques, inteligencia artificial, competencia tecnológica, semiconductores, minerales críticos, energía y control de cadenas productivas estratégicas.
El mundo volvió a ser un escenario de competencia entre grandes potencias.
América Latina también sintió el cambio
Después del 11-S, América Latina perdió importancia relativa dentro de las prioridades estratégicas de Washington. La seguridad, Afganistán, Irak y Medio Oriente concentraron buena parte de la atención estadounidense.
Ese menor interés coincidió con una creciente presencia económica y política de China en nuestra región. En apenas dos décadas, el gigante asiático pasó de ocupar una posición relativamente secundaria a convertirse en uno de los principales socios comerciales de numerosos países sudamericanos.
También en este rincón del mundo, por lo tanto, pueden encontrarse consecuencias indirectas de aquella mañana de septiembre.
Veinticinco años después

Osama bin Laden murió en 2011. Al Qaeda fue severamente debilitada. Estados Unidos desarrolló capacidades de seguridad e inteligencia enormemente superiores a las que tenía en 2001 y no volvió a sufrir en su territorio un atentado de aquella magnitud.
Pero sería un error medir las consecuencias del 11-S solamente por el destino de quienes lo organizaron.
Cambió la manera de viajar. Cambió la vigilancia. Cambió la inteligencia. Cambió la relación entre seguridad y libertad. Cambió la política exterior estadounidense. Cambió Medio Oriente.
Y, mientras Occidente libraba durante dos décadas su guerra contra el terrorismo, también cambió silenciosamente el equilibrio del poder mundial.
Quizás por eso, 25 años después, aquellas imágenes continúan impresionando.
Las Torres ardiendo. Las personas corriendo por las calles de Manhattan. El humo cubriendo Nueva York. Y finalmente el derrumbe que millones de personas observamos en directo, sin terminar de comprender todavía la dimensión de lo que estaba ocurriendo.

Hay acontecimientos que forman parte de la historia.
Y hay otros que, además, dividen la historia entre un antes y un después.
El 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos.
Fuentes
Elaboración de La Voz Disruptiva en base a:
Ámbito Financiero, “A 25 años del 11-S: el día que cambió el mundo”.
BBC News Mundo, “Cómo los atentados del 11-S en EE.UU. cambiaron la inteligencia y la seguridad en el mundo”.
