La economía detrás de los números: cómo sobreviven los que quedaron al margen

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Una investigación del sociólogo argentino Javier Auyero sobre la vida cotidiana de los sectores populares obliga a mirar más allá de las estadísticas. Trabajo informal, endeudamiento, violencia, burocracia, redes comunitarias y expectativas de progreso cada vez más modestas forman parte de una realidad que la política argentina, con distintas recetas y gobiernos, no ha conseguido revertir.

Hay números que sirven para explicar una economía. La inflación, el déficit fiscal, el crecimiento del PBI, el salario real, el empleo, la inversión, las exportaciones o el riesgo país permiten medir resultados, comparar períodos y evaluar políticas.

Pero detrás de todos esos números hay personas.

Y una extensa entrevista que Jorge Fontevecchia realizó en Perfil al sociólogo argentino Javier Auyero, a propósito de su investigación Cómo hacen los pobres para sobrevivir, permite asomarse precisamente a esa otra dimensión de la economía: qué sucede en la vida cotidiana de quienes quedaron durante años al margen de sus circuitos más formales.

La mirada resulta particularmente valiosa porque Auyero no estudia la pobreza solamente desde las estadísticas. La observa desde adentro: cómo se consigue la comida, cómo se paga una deuda, quién cuida a los hijos, cómo se obtiene una vivienda, cuánto cuesta esperar un turno en un hospital, qué significa vivir rodeado de violencia y qué expectativas conservan esas familias respecto del futuro.

Y el resultado obliga a hacerse algunas preguntas incómodas.

Sobrevivir ya no es solamente conseguir comida

Uno de los conceptos más interesantes de Auyero es abandonar la idea de que la vida de los sectores más pobres puede explicarse únicamente mediante la subsistencia.

Por eso habla de “persistencia”.

Una familia necesita, naturalmente, comida, ingresos y vivienda. Pero también necesita proteger a sus hijos, conservar vínculos, construir comunidad, mantener alguna expectativa de progreso y encontrar un sentido para seguir adelante.

El comedor comunitario, por ejemplo, no es solamente el lugar donde alguien recibe un plato de comida. Puede convertirse también en una red de protección, pertenencia y dignidad. Lo mismo ocurre con el club del barrio, la iglesia, la escuela, los vecinos o la familia ampliada.

Sobrevivir es mucho más complejo que sumar ingresos y restar gastos.

Cuarenta y tres años de democracia y una deuda que permanece

La recuperación democrática de 1983 constituye uno de los grandes logros de la Argentina contemporánea. Sería profundamente injusto -y hasta peligroso-, atribuirle a la democracia los problemas sociales que se acumularon desde entonces.

Pero también sería equivocado evitar otra discusión: durante más de cuatro décadas de democracia, gobiernos de orientaciones ideológicas muy diferentes no consiguieron resolver estructuralmente la pobreza y la marginalidad.

Hubo políticas liberales y estatistas, privatizaciones y estatizaciones, apertura y proteccionismo, convertibilidad, controles de precios, subsidios, planes sociales, expansión y reducción del Estado.

Las recetas cambiaron. La pobreza permaneció y hasta se profundizó.

La interpelación, entonces, no debería dirigirse contra la democracia sino hacia la política democrática y su capacidad para producir resultados.

Concretamente, hacia quienes ejercieron su representación y no supieron, no pudieron o, en algunos casos, encontraron más conveniente administrar las consecuencias de la pobreza antes que remover sus causas.

Porque junto con políticas concebidas genuinamente para asistir a quienes las necesitaban, también se consolidaron durante estas décadas, prácticas que hicieron de esa asistencia una herramienta de intermediación política: subsidios, empleos públicos, mercaderías, favores y estructuras territoriales que muchas veces terminaron vinculando la necesidad con la dependencia.

Cuando una situación de emergencia se prolonga durante generaciones deja de ser solamente una emergencia. Empieza a convertirse en una estructura.

Del puntero político al prestamista

Auyero detecta una transformación particularmente reveladora.

Hace veinticinco años, cuando investigaba el clientelismo político, el puntero barrial ocupaba un lugar central en la resolución de necesidades inmediatas. Hacía falta un medicamento, una bolsa de comida, dinero para un funeral o alguna ayuda urgente y muchas familias recurrían a él.

El puntero no desapareció, aunque devaluado y muchas veces desacreditado sigue funcionando.

Pero apareció otro protagonista: el prestamista.

El creciente endeudamiento de los sectores populares incorpora ahora préstamos informales, deudas con vecinos y sistemas de crédito que en algunos casos utilizan amenazas e incluso violencia física para cobrar.

El fenómeno también resulta reconocible en Misiones, donde funcionan modalidades de préstamos informales conocidas popularmente por su asociación con prestamistas “colombianos” (por la nacionalidad de origen de los primeros que la practicaron), dirigidas muchas veces precisamente hacia personas que no pueden acceder al sistema financiero formal.

Los más necesitados terminan pagando el dinero más caro. Y algunas veces no lo pagan solamente con dinero.

La movilidad social no murió: se hizo más modesta

Durante buena parte del siglo XX existió en la Argentina una imagen poderosa del progreso: “Mi hijo el doctor”.

Representaba algo más que obtener un título universitario. Expresaba la convicción de que los hijos podían vivir considerablemente mejor que sus padres. Auyero sostiene que esa expectativa no desapareció completamente. Pero cambió.

Para muchas familias de los sectores más vulnerables, progresar puede significar ahora que una hija consiga un oficio para no tener que limpiar casas, que un hijo acceda a un empleo formal, que pueda jugar al fútbol y alejarse de una esquina peligrosa o que la familia consiga mudarse hacia un barrio más seguro.

La movilidad social sigue existiendo como aspiración. Lo que se achicó fue la distancia que muchos se permiten imaginar. Y quizás pocas cosas describan mejor la transformación social argentina de las últimas décadas.

Sobrevivir a la violencia

Aquí aparece otra dimensión que excede completamente los ingresos: la violencia.

Quienes viven en los sectores más vulnerables no solamente enfrentan mayores dificultades económicas. También están expuestos con mayor frecuencia a delitos, narcotráfico, conflictos barriales, violencia familiar y diferentes formas de sometimiento.

Por eso las redes familiares y comunitarias funcionan también como mecanismos de protección.

Este concepto se conecta con otro debate que hemos planteado recientemente en La Voz Disruptiva: la condena a las distintas formas mediante las cuales unas personas se aprovechan de la vulnerabilidad de otras. El tema adquirirá seguramente una renovada actualidad durante la próxima visita del papa León XIV a la Argentina.

Porque pobreza y violencia muchas veces se retroalimentan.

Y quizás deberíamos ampliar incluso el significado de violencia. La violencia no siempre necesita golpes. Puede existir violencia económica, institucional, burocrática, familiar, criminal y social.

Y preocupa advertir cómo distintas formas de violencia comienzan a naturalizarse como mecanismos para imponer decisiones, cobrar deudas, resolver conflictos o disciplinar al otro.

Los “pacientes del Estado”

Probablemente uno de los conceptos más provocadores de Auyero sea el costo que tiene para una persona pobre relacionarse con el Estado. En otro de sus trabajos utilizó una expresión extraordinariamente gráfica: “Pacientes del Estado”.

El ciudadano que necesita asistencia debe esperar.

Esperar para conseguir un turno.

Esperar para ser atendido.

Esperar frente a una oficina.

Volver mañana.

Presentar nuevamente un papel.

Hacer otra fila.

Para una persona con recursos, una hora perdida puede representar simplemente una molestia.

Para una trabajadora informal puede significar un día sin cobrar.

Y si para realizar ese trámite debe dejar a sus hijos con otra persona, viajar durante horas o abandonar temporalmente otra responsabilidad, la burocracia incorpora además un costo humano.

Auyero lo resume de manera contundente: el tiempo de espera no es solamente dinero; también es riesgo.

Esta mirada introduce una perspectiva interesante incluso para evaluar los actuales procesos de desregulación y reforma del Estado.

La discusión sobre la burocracia no debería limitarse a determinar cuánto cuesta mantener una estructura estatal.

También deberíamos preguntarnos: ¿cuánto le cuesta esa estructura al ciudadano que está obligado a utilizarla?

Eliminar organismos inútiles, trámites redundantes o regulaciones que terminaron sirviendo más a quienes las administran que a quienes deberían beneficiar puede ser, desde esta perspectiva, mucho más que un problema fiscal.

Puede constituir también una política social.

Pero con una condición fundamental: que la simplificación permita que el Estado necesario funcione mejor allí donde realmente se lo necesita.

La acción colectiva

La investigación de Auyero también obliga a revisar una imagen excesivamente pasiva de los sectores pobres.

Muchas comunidades resolvieron problemas mediante distintas formas de organización colectiva. Construyeron viviendas, reclamaron calles, iluminación, centros sanitarios, puentes y servicios.

Auyero menciona incluso las ocupaciones de tierras como parte de ese proceso, aclarando que describir el fenómeno no implica necesariamente justificarlo.

La cuestión de fondo es otra. Las personas no solamente esperan soluciones: también desarrollan mecanismos para resolver problemas cuando las instituciones no lo hacen.

Familias, vecinos, comedores, iglesias, clubes y organizaciones comunitarias forman una infraestructura social que muchas estadísticas económicas simplemente no registran.

Mirar la película, no solamente la foto

Tal vez éste sea el concepto que permite reunir todos los anteriores.

Para comprender la pobreza no alcanza con observar una fotografía. Hay que mirar la película.

Hace veinticinco años era central el puntero político; hoy adquirió importancia el prestamista.

Cambió el mercado laboral.

Creció la informalidad.

Cambió el endeudamiento.

Cambió la relación con el Estado.

Cambió la violencia.

Cambió la escuela.

Cambió incluso aquello que una familia considera posible esperar para sus hijos.

Y allí aparece otro enorme desafío para la política.

Las sociedades cambian más rápido que muchas instituciones creadas para administrarlas.

Continuar aplicando las respuestas de ayer a problemas que ya cambiaron de naturaleza puede ser una de las explicaciones de tantos fracasos acumulados.

La economía detrás de los números

Nada de esto significa que los números macroeconómicos sean secundarios. Todo lo contrario.

Sin estabilidad, inversión, crecimiento, moneda, crédito y empleo privado difícilmente exista una solución sostenible para la pobreza.

Pero tampoco alcanza con mejorar los números si quienes quedaron durante décadas fuera de los circuitos formales no encuentran una puerta para volver a entrar.

Quizás ése sea uno de los mayores desafíos de la Argentina que viene.

No solamente bajar la pobreza estadística.

No solamente asistir al que quedó afuera.

Sino reconstruir los mecanismos que permitan que trabajar, estudiar, capacitarse, emprender y cumplir las reglas vuelvan a ofrecer una expectativa razonable de progreso.

Porque detrás de cada porcentaje existe una persona.

Y detrás de cada persona, una historia que ninguna planilla alcanza a mostrar.

Javier Auyero deja, finalmente, una frase difícil de olvidar:

“Sobrevivir hoy en sectores populares es también sobrevivir a la violencia”.

Tal vez debamos empezar a preguntarnos cuánto de esa violencia —económica, criminal, institucional, burocrática o cotidiana— hemos terminado aceptando como normal.

Y cuánto de la reconstrucción argentina dependerá, precisamente, de dejar de hacerlo.


Fuente y punto de partida: entrevista de Jorge Fontevecchia a Javier Auyero, Perfil, “Cómo hacen los pobres para sobrevivir”, a propósito del trabajo de investigación de Javier Auyero y Sofía Servian.

Elaboración e interpretación: La Voz Disruptiva.