SAN MARTÍN: CUANDO LA PATRIA ERA MÁS IMPORTANTE QUE UNO MISMO

Nacional Política

A 176 años de su muerte, recordar a José de San Martín no debería ser solamente cumplir con una efeméride. Fue militar, estratega y Libertador, pero sobre todo un hombre que arriesgó su vida, abandonó una carrera consolidada, enfrentó enormes adversidades y puso una idea por encima de sus intereses personales: la libertad de su Patria. Quizás por eso, dos siglos después, seguimos necesitándolo.

Cada 17 de agosto la Argentina recuerda la muerte del general José de San Martín, ocurrida en Boulogne-sur-Mer, Francia, en 1850.

Lo recordamos desde la escuela. Lo vemos en monumentos, billetes y retratos. Conocemos el Cruce de los Andes, San Lorenzo, Chacabuco y Maipú. Pero tanta familiaridad con su figura puede producir una paradoja: conocemos al prócer y a veces olvidamos al hombre.

Y detrás del Libertador hubo un hombre excepcionalmente determinado, que tomó decisiones difíciles, arriesgó personalmente su vida y renunció a comodidades, honores y poder por una causa que consideraba superior a sí mismo.

Vale la pena recordarlo desde allí.

ABANDONARLO TODO PARA VOLVER

San Martín tenía 34 años cuando regresó al Río de la Plata en 1812.

Había pasado la mayor parte de su vida fuera del territorio donde había nacido. Se había formado como militar en España y acumulaba más de dos décadas de experiencia en los campos de batalla europeos. Había combatido contra las tropas napoleónicas, participado en numerosas acciones militares, alcanzado el grado de teniente coronel y recibido reconocimientos por su actuación.

Podía continuar aquella carrera. Eligió otra cosa.

Cuando conoció los movimientos revolucionarios que se estaban produciendo en América decidió regresar a su tierra natal y ofrecer sus servicios.

Muchos años después explicaría aquella decisión con palabras extraordinariamente sencillas:

“Al abandonar mi fortuna y mis esperanzas, sólo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a la libertad de mi Patria.”

No regresaba a buscar fortuna. Tampoco tenía asegurado un lugar de poder. De hecho, cuando llegó a Buenos Aires fue recibido con desconfianza. Había vivido demasiados años en España, había servido en su ejército y tenía pocas relaciones familiares en el Río de la Plata.

Pero traía algo que la revolución necesitaba desesperadamente: experiencia militar, disciplina, conocimiento y una enorme determinación.

NO MANDABA A OTROS A DONDE ÉL NO IBA

Menos de un año después de su llegada ocurrió el combate de San Lorenzo. El episodio es conocido, aunque a veces perdemos de vista un detalle fundamental: San Martín combatía al frente de sus hombres.

El 3 de febrero de 1813 encabezó a sus Granaderos contra las fuerzas realistas. Durante el combate su caballo cayó herido y San Martín quedó aprisionado debajo del animal, expuesto a las armas enemigas.

Estuvo a punto de morir. La intervención de sus hombres —y particularmente el sacrificio que la historia atribuye al sargento Juan Bautista Cabral— permitió salvarlo. San Lorenzo duró apenas unos minutos.

Pero allí apareció una característica que acompañaría toda su vida militar: San Martín no concebía el mando desde la seguridad de la retaguardia.

Era un jefe dispuesto a correr los mismos riesgos que exigía a sus soldados. Y aquellos soldados lo sabían.

IMAGINAR LO QUE PARECÍA IMPOSIBLE

Después vendría algo todavía mayor.

San Martín comprendió que insistir en avanzar hacia Lima por el Alto Perú podía significar continuar acumulando derrotas. Concibió entonces una estrategia extraordinariamente audaz: organizar un ejército en Cuyo, atravesar la Cordillera de los Andes, liberar Chile y desde allí llegar por mar al centro del poder español en América del Sur: Perú.

Hoy conocemos el resultado. Por eso parece sencillo. No lo era.

Había que formar un ejército prácticamente desde cero, conseguir armas, animales, alimentos, vestimenta y recursos en un territorio pobre. Había que preparar miles de hombres para atravesar pasos cordilleranos a alturas extremas, soportando frío, hambre, cansancio y falta de oxígeno.

Y después de cruzar había que combatir.

San Martín convirtió una dificultad geográfica gigantesca en una ventaja estratégica.

El Cruce de los Andes de 1817 quedó para la historia como una de las grandes operaciones militares de su tiempo. Pero detrás de la hazaña hubo algo más que talento militar.

Hubo voluntad. La capacidad de imaginar un objetivo que parecía imposible y después organizar hombres y recursos hasta hacerlo posible.

CAER Y VOLVER A LEVANTARSE

Tampoco todo fueron victorias.

El 19 de marzo de 1818 las fuerzas patriotas sufrieron una durísima derrota en Cancha Rayada.

Durante algunas horas se creyó incluso que el Ejército Unido estaba destruido.

San Martín no se paralizó. Reorganizó sus fuerzas y apenas diecisiete días después, el 5 de abril, volvió a enfrentar al ejército realista en Maipú.

Esta vez la victoria fue decisiva. Chile quedaba asegurado para la causa independentista y se abría definitivamente el camino hacia Perú.

Tal vez allí aparezca otra de las características que explican a San Martín: la adversidad no modificaba el objetivo.

Podía perder una batalla. No perdía el rumbo.

LIBERAR, NO CONQUISTAR

Después vendría Perú. San Martín entró en Lima, proclamó su independencia en 1821 y asumió el Protectorado.

Había alcanzado un poder enorme. Y entonces hizo algo quizás todavía más difícil que ganar una batalla: renunció a él.

Después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, en 1822, comprendió que una disputa entre ambos podía poner en peligro la independencia americana.

Eligió apartarse. Lo explicó con otra frase que define su concepción del poder:

“Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos.”

No había cruzado los Andes para convertirse en dueño de los territorios liberados.

Había ido a liberarlos.

Cuando entendió que su presencia podía convertirse en un obstáculo para completar aquella obra, dio un paso al costado. Pocos hombres que alcanzaron semejante poder tuvieron también la grandeza de abandonarlo.

EL SOLDADO QUE SABÍA PARA QUÉ LUCHABA

San Martín fue un militar profesional. Conocía las armas, la disciplina, la estrategia y la guerra.

Pero entendía que las armas eran un instrumento y no un fin.

Había regresado a América con una misión y durante diez años concentró sus esfuerzos en cumplirla.

Evitó involucrarse en las luchas internas que comenzaban a dividir a los argentinos y se negó a utilizar su ejército para intervenir en enfrentamientos civiles.

Su enemigo era otro. Su objetivo también.

La independencia.

Quizás por eso su figura consiguió algo extremadamente difícil en nuestra historia: permanecer por encima de las divisiones políticas de los argentinos.

CUANDO LA PATRIA ERA MÁS IMPORTANTE QUE UNO MISMO

Han pasado 176 años desde aquella tarde del 17 de agosto de 1850 en que José de San Martín murió lejos de la tierra donde había nacido.

La Argentina de hoy no necesita cruzar los Andes ni combatir ejércitos extranjeros para conquistar su libertad.

Los desafíos son otros. Pero algunos valores envejecen mucho menos que las circunstancias.

La valentía para enfrentar dificultades.

La preparación antes de emprender una tarea.

La capacidad de sostener un objetivo frente a la adversidad.

La austeridad.

El cumplimiento del deber.

La decisión de servir antes que servirse.

Y, especialmente, la capacidad de entender que existen cosas más importantes que el interés personal.

Se extrañan hombres con esa determinación.

No porque debamos buscar nuevos próceres ni esperar salvadores. Las sociedades modernas se construyen con instituciones y ciudadanos, no con hombres providenciales.

Pero una Nación también necesita ejemplos. Y San Martín sigue siendo uno de ellos.

Porque dedicó su capacidad militar a liberar pueblos, arriesgó personalmente su vida, abandonó una carrera construida durante décadas, soportó derrotas, enfermedades, desconfianzas y conflictos políticos y, cuando tuvo poder, también supo dejarlo.

No hizo todo aquello por los argentinos que hoy habitamos este país. No podía conocernos. Pero lo hizo pensando en una Patria que debía sobrevivir a su propia generación.

Nosotros somos aquellos que vinieron después.

Somos, en ese sentido, los herederos de aquellos hombres y mujeres que lucharon para que esta tierra pudiera gobernarse a sí misma.

Por eso recordar a San Martín cada 17 de agosto no debería ser solamente recordar a un hombre que murió hace 176 años.

Debería servir también para preguntarnos qué hacemos nosotros con aquello que ellos nos dejaron.

Quizás allí esté la mejor manera de homenajearlo.

Recordar que alguna vez hubo argentinos para quienes la Patria era más importante que ellos mismos.


FUENTES

  • Instituto Nacional Sanmartiniano — El retorno de San Martín en sus propias palabras.
  • Instituto Nacional Sanmartiniano — Autobiografía del Libertador General José de San Martín.
  • Instituto Nacional Sanmartiniano — José de San Martín: Libertador de América.
  • Instituto Nacional Sanmartiniano — San Martín ante la adversidad, entre Cancha Rayada y Maipú.
  • Instituto Nacional Sanmartiniano — Cronología Sanmartiniana.
  • Argentina.gob.ar — 17 de agosto: Paso a la Inmortalidad del General José de San Martín.