El politólogo Andrés Malamud dejó una de las definiciones más incómodas y debatibles de los últimos tiempos durante una entrevista con Carlos Pagni: sostuvo que Raúl Alfonsín y Javier Milei podrían representar, con cuarenta años de diferencia, dos mitades complementarias de una misma transformación histórica argentina.
Mucho más que una discusión sobre Adorni
La entrevista emitida el lunes en Odisea Argentina comenzó girando alrededor de la permanencia de Manuel Adorni dentro del gobierno nacional y las hipótesis sobre por qué Javier Milei continúa sosteniéndolo políticamente.

Andrés Malamud desarrolló varias interpretaciones posibles: desde el rol de ‘pararrayos’ para absorber críticas, hasta la idea de un ‘fusible’ político descartable cuando la situación lo requiera. Pero la explicación más sensible fue otra: la relación de cercanía de Adorni con Karina Milei.
Sin embargo, lo más interesante de la conversación apareció cuando el análisis salió de la coyuntura y entró en la historia política argentina.
Malamud, que presentó recientemente un libro en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, trazó una línea conceptual particularmente provocadora: la idea de que la Argentina estaría comenzando a cerrar una fractura histórica entre la consolidación democrática iniciada por Raúl Alfonsín y el intento de reorganización económica impulsado por Javier Milei.
Una idea que seguramente irrita al radicalismo
Malamud planteó que Alfonsín y Milei podrían ser figuras ‘complementarias’, porque cada uno habría intentado resolver una mitad distinta del gran problema argentino abierto desde el golpe de 1930.
La hipótesis resulta incómoda para muchos sectores políticos, especialmente dentro del radicalismo tradicional. Y justamente por eso merece ser analizada.
Durante décadas, la democracia argentina logró consolidar libertades públicas, alternancia política y estabilidad institucional básica, pero convivió con una economía crónicamente inestable, inflacionaria y profundamente dependiente del Estado. Desde esa mirada, Alfonsín habría representado la reconstrucción política y moral de la democracia luego de la dictadura, mientras que Milei intenta ahora —con métodos disruptivos y muchas veces agresivos— una transformación económica que la dirigencia tradicional nunca logró concretar.
Y allí aparece Milei.
No necesariamente como continuidad ideológica —porque representan culturas políticas completamente diferentes— sino como el dirigente que intenta resolver la dimensión económica que la democracia argentina nunca consiguió ordenar.
La definición seguramente producirá rechazo visceral en muchos radicales. Especialmente entre quienes ven al actual presidente como la negación absoluta de la tradición alfonsinista.
Pero justamente por eso la reflexión resulta interesante.
Porque obliga a separar simpatías personales de procesos históricos más amplios.
El éxito retórico de Milei
Malamud introdujo además otro concepto importante: independientemente de si el programa económico termina teniendo éxito pleno o no, Milei ya logró una victoria cultural relevante.
‘Tuvo por lo menos el éxito retórico de convencer a todo el arco político de que la salida es la dirección del equilibrio fiscal’, sostuvo.
Durante años, el déficit fiscal, la emisión monetaria o el tamaño del Estado podían relativizarse dentro del debate público. Hoy, incluso gran parte de la oposición evita defender abiertamente los desequilibrios fiscales permanentes.
Es decir: más allá de la figura de Milei, cambió el clima intelectual de la discusión económica.
La gran contradicción libertaria. Rescatado por los estados
Milei construyó gran parte de su identidad política alrededor de una idea radical: el Estado como origen principal de los males argentinos. Sin embargo, como señaló Malamud, la estabilidad económica reciente depende en gran medida del respaldo de Estados Unidos y China.
‘Los mercados lo acorralan, lo asfixian, y los Estados lo rescatan‘, resumió el politólogo.
La paradoja es evidente: el presidente que prometía destruir el Estado necesita, para sostener su programa, de la asistencia de dos de los aparatos estatales más poderosos del planeta.
Pero quizás allí aparezca otra señal del momento político actual: Milei empieza a mostrar crecientes dosis de pragmatismo.
La Argentina que intenta cerrar una transición inconclusa
Tal vez la mayor virtud de la reflexión de Malamud sea que desplaza la discusión del terreno puramente emocional.
La entrevista dejó flotando una pregunta más profunda que cualquier discusión coyuntural sobre Adorni o sobre nombres del gabinete: ¿está la Argentina entrando en una nueva etapa histórica?
La Argentina pasó cuarenta años enfrentando democracia contra estabilidad económica, institucionalidad contra competitividad, política contra mercado.
Ese debate recién empieza. Y probablemente genere resistencias intensas tanto en sectores del viejo estatismo como en quienes todavía creen que el mercado, por sí solo, resuelve todos los problemas sociales y culturales de un país.
Quizás el verdadero desafío histórico sea dejar de pensar esos conceptos como enemigos inevitables.
Porque una democracia sin estabilidad económica se desgasta. Pero una economía ordenada sin legitimidad política tampoco construye un país sostenible.
Y tal vez por eso la tesis de Malamud incomoda tanto: porque sugiere que, después de décadas de crisis recurrentes, la Argentina podría estar intentando —por fin— unir dos mitades históricas que caminaron demasiado tiempo separadas.
Fuente: Elaboración LVD, de entrevista de Carlos Pagni a Andrés Malamud en Odisea Argentina (LN+) del 4 de mayo de 2026 .
