Crisis del vino: cuando los mercados cambian y obligan a repensar todo

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En la Argentina, el consumo de vino cayó a su nivel más bajo en décadas. Más allá de la coyuntura económica, el sector enfrenta cambios profundos en los hábitos de consumo, la salud, la movilidad y la competitividad, que dejan enseñanzas valiosas para otras producciones regionales.

El vino argentino atraviesa una crisis silenciosa pero persistente. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), el consumo per cápita descendió a apenas 15,77 litros anuales, el nivel más bajo desde que existen registros sistemáticos, muy lejos de los más de 90 litros por persona que se consumían en la década del 70.

La caída no es reciente ni episódica: en los últimos cinco años el consumo interno se retrajo un 22,6%, afectando a bodegas, productores, comercialización, enoturismo y gastronomía asociada. Varias empresas emblemáticas enfrentan serios problemas financieros, con convocatorias de acreedores, cheques rechazados y ventas forzadas de activos.

Un fenómeno que excede a la economía

Uno de los puntos más interesantes que surge del análisis sectorial es que el principal desafío del vino ya no pasa exclusivamente por el tipo de cambio, la inflación o los costos internos. El cambio es más profundo y cultural.

La tendencia hacia una vida más saludable, el menor consumo de alcohol, la práctica deportiva y una mirada más restrictiva sobre bebidas alcohólicas atraviesan a todas las generaciones, pero con especial fuerza en los jóvenes. A esto se suman las políticas de “alcohol cero” al volante y multas cada vez más elevadas, que modificaron conductas sociales consolidadas durante décadas.

Una crisis que también es global

El escenario no es exclusivo de la Argentina. El consumo mundial de vino se encuentra en el nivel más bajo desde comienzos de los años sesenta, con caídas pronunciadas en Europa, Estados Unidos y China.

Este retroceso global genera exceso de oferta, acumulación de stocks, precios deprimidos y pérdida de rentabilidad en toda la cadena vitivinícola. En la Argentina, además, se suma la dificultad de competir en mercados externos con costos internos elevados y exportaciones en retroceso.

Competitividad, costos y prioridades del gasto

El cambio en la estructura del gasto de las familias impacta de lleno en productos que ya no son considerados prioritarios. Tarifas, combustibles, salud y servicios absorben una porción creciente del ingreso disponible, relegando consumos como las bebidas alcohólicas.

En ese contexto, la competitividad aparece como un factor clave: logística, costos fiscales, escala productiva y adaptación comercial pasan a ser determinantes para la supervivencia del sector.

Una enseñanza que trasciende al vino

Más allá de la coyuntura vitivinícola, la experiencia deja una enseñanza clara para otras economías regionales. Yerba mate, té y tabaco también están expuestos a cambios en los hábitos de consumo, exigencias sanitarias, regulaciones crecientes y mercados cada vez más competitivos.

Observar con atención la evolución de los mercados, anticipar tendencias y no quedar atrapados en esquemas del pasado se vuelve una condición indispensable. La historia, la calidad y la tradición ya no garantizan por sí solas la sostenibilidad de una producción.

Mirar el futuro con realismo

La crisis del vino no es solo un problema sectorial: es un llamado de atención. Los mercados cambian, los consumidores cambian y las reglas del juego se redefinen con rapidez. Entender esos procesos a tiempo puede marcar la diferencia entre adaptarse o quedar al margen.

Para las producciones regionales argentinas, el desafío no es resistir el cambio, sino interpretarlo y transformarlo en una oportunidad.

Fuente: Clarín – “La crisis del vino: las 5 razones detrás de una baja histórica del consumo en Argentina”. Nota elaborada por La Voz Disruptiva a partir de información periodística y análisis propio.