Convivir no es lo mismo que estar casados: Verdades incómodas que el derecho no siempre explica

Las voces que orientan Nacional

Por la Dra. Sandra Báez

Cada vez más personas eligen convivir sin casarse. No por rebeldía, sino por decisión. Amor, proyecto común, hijos, casa compartida, vida armada. Todo parece matrimonio… hasta que deja de serlo. Y ahí aparece la gran sorpresa: para el derecho, no es lo mismo.

En Argentina, la unión convivencial existe y está reconocida por el Código Civil y Comercial. Pero cuidado: reconocimiento no significa igualdad. El problema no es convivir. El problema es creer que convivir da los mismos derechos que el matrimonio. Spoiler alert: no los da.

Durante la convivencia, muchas parejas funcionan como un equipo perfecto. Comparten gastos, decisiones, cuidados. Pero cuando hay una separación o una muerte, el derecho empieza a hacer preguntas incómodas:

¿Hay acuerdo convivencial?

¿Está registrada la unión?

¿A nombre de quién está la vivienda?

¿Quién pagó qué?

Y ahí el romanticismo suele chocar de frente con la letra fría de la ley.

Si no hay acuerdo convivencial, cada uno se queda con lo suyo. No hay división automática de bienes, no hay herencia, no hay derechos sucesorios. El conviviente no hereda. Punto. Aunque hayan pasado veinte años juntos. Aunque haya habido amor, cuidado y proyecto de vida.

¿Es injusto? Muchas veces sí. ¿Es legal? También.

La ley permite pactar. Permite prever. Permite organizar la vida en común con reglas claras. Pero el problema es cultural: nadie quiere hablar de estas cosas cuando todo está bien. Parece de mala suerte, poco romántico o excesivamente jurídico. Hasta que llega el conflicto y ya es tarde

En separaciones, el impacto suele ser brutal, sobre todo para quien quedó en situación de mayor vulnerabilidad económica. Y en casos de fallecimiento, el golpe es doble: duelo y desprotección. Porque si no hay testamento, la herencia va a los herederos legales. El conviviente queda afuera, mirando desde la vereda de enfrente una historia que también ayudó a construir.

Este no es un llamado a casarse. Es un llamado a informarse. A entender que elegir convivir implica también elegir cómo protegerse. El derecho no adivina intenciones ni sentimientos. Solo reconoce lo que está escrito, registrado o probado.

Hablar de acuerdos convivenciales, testamentos y organización patrimonial no mata el amor. Lo cuida. Porque cuando el derecho llega tarde, suele llegar con conflictos.

Y nadie quiere que su historia de amor termine convertida en un expediente.