Ruego futbolero: dejen en paz a Diego y no se metan más con Leo

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Por: Osvaldo Pepe Para: Clarín

La guerra no es entre los dos 10, es entre quienes la fomentan desde las dos trincheras.La verdad es que ni Diego es el titán antiimperialista que imaginan algunos ni Leo es el comandante en jefe de las expediciones punitivas de Trump

Paremos un poco la pelota. Miremos toda la cancha. Este partido ya lo vimos, pero cada tanto se juegan algunos amistosos. Duelos efímeros, excusas de manual que vienen a desenterrar provocaciones y rencores ocultos, de orígenes tilingos y lejanos. Messi fue con su equipo a la Casa Blanca y Donald Trump tuvo una foto con él. Ese es el orden de los hechos. Al tipo más conocido y mayoritariamente querido del planeta lo fotografiaron en una visita a la sede del poder mundial. No hacía falta más para que estallara la Argentina ficcional de las redes, que con urgencia se extendió al universo de los medios en todas sus plataformas y de los streamings en expansión. Comentarios frívolos, un recital de lugares comunes, lenguas ligeras y lamentos de viudas del pasado dibujaron el escenario confrontativo ideal. ¿Messi o Maradona?

Ya no se trata de elegir cuál de las dos zurdas fue más prodigiosa, ni quién de los dos le pegaba mejor, marcó más goles o ganó más títulos. Desde hace algunos años, se escarba en los archivos, se buscan biografías, a veces prontuarios, con el objetivo de enfrentarlos como portadores de modelos de vida antagónicos y estirpes políticas que representan a réprobos y elegidos. La guerra no es entre los dos 10, es entre quienes la fomentan desde las dos trincheras. La verdad es que ni Diego es el titán antiimperialista que imaginan algunos ni Leo es el comandante en jefe de las expediciones punitivas de Trump. Acaso quede espacio para ver esta “guerra de tótems futboleros” de otra manera. Quizá no sea mala idea dejar de bastardear la gloria de los dioses de los estadios. No ceder a ese trapicheo feroz que transforma a los dos ídolos futboleros más grandes de los argentinos en un vulgar truque de vandalismos políticos.

No es tarea sencilla construir esa mirada de los hechos cuando se observa un alineamiento acrítico y automático, con tintes ideológicos muy obvios, que actúan como robotitos de un libreto que ellos no escribieron, pero repiten como loritos monocordes. Son poquísimos, y siempre los mismos pero hacen ruido y confunden. Su especialidad. No se esmeren más. Ya fueron descubiertos. Hasta se los podría señalar: influencers de última generación que no resistirían un examen de secundaria, periodistas noveles y desorientados o veteranos sospechados de amnesia, políticos y legisladores amigos de la mediocridad. Todos ellos pusieron a Leo en el lugar de la “víctima merecida” de un pelotón de fusilamiento, como el coronel Aureliano Buendía en las fantasmagóricas tierras de Macondo. ¿Realidad o realismo mágico? Da la casualidad que quienes jalan el gatillo son siempre los mismos y del mismo lado. Quizá sea legítima al menos una duda: ¿estos impugnadores seriales toleran personalidades como la de Messi o se sienten más cómodos con las de aquel Maradona compadrito, fanfarrón, prepotente y de la fama oscura fuera de las canchas?

Es demasiado cruel escarbar archivos en banco y negro para desempolvar fotos de un Diego adolescente con el genocida Videla: tenía 19 años y recién asomaba a la fama en aquel Mundial Juvenil de 1979 en Tokio. Y recién empezaba a abandonar la pobreza y las carencias de Villa Fiorito. Acaso nunca pensó en ser un guerrero endiosado enfrentado “al Imperio”. Tampoco un héroe de causas perdidas, bendecido por las fortunas que el capitalismo le permitiría ganar por su talento infinito, que él derrocharía a manos llenas. El mismo lo dijo con su picardía de potrero: “A mí me mandaron de Villa Fiorito a la fama mundial de una patada en culo”.

De grande, ya consumido por las drogas, quebrado por el alcohol y con su alma en pena ante la vida sin sentido fuera de las canchas, se volvería marioneta de un Maduro inconsistente y un Fidel que ya había oxidado sus sueños primeros. Bailaría salsa y agitaba banderas y causas ajenas. No sabía por qué bailaban con él. O no quiso saber. O lo cotizó a muy buen precio. Lo mismo da. Lo cierto es que terminó alineado con la defensa de gobiernos farsescos que se treparon a su fama ya incendiada. Sin embargo, su solo recuerdo de lo que sembró en las canchas fue mejor que todos ellos juntos. A veces hay que comprender que a los ídolos se los recuerda, quizá se los añore o se los llore si fuese el caso. Pero es indigno usarlos para el sucio arte de la difamación ajena. Maradona murió solo y abandonado. El coro quejumbroso de viudos y viudas que tanto lo exaltan ni siquiera fue capaz de organizarle un funeral como merecía.

A modo de sugerencia: no lloren su nombre en vano ni embarren lo más digno que Maradona tuvo en vida, su inmenso talento para hacer del fútbol una sinfonía de bellezas sucesivas. En eso iguala a un Messi que llegó a una dimensión interplanetaria inalcanzable. Su incomparable trayectoria deportiva, su silenciosa lucha personal y su construcción familiar tienen suficiente registro mediático. Leo no pretende ser modelo de nada, pero lo es. Lo dice su historia y aún no tiene 40 años. Seguramente no está contento con esta batalla mediática en la que es retratado como la contrafigura de su máximo ídolo deportivo, y menos aún que maltraten a éste con cierto regodeo perverso por ese final de decrepitud y enfermedad que lo llevaron a una tumba prematura.

No debe estar feliz Messi con tanta ruindad alrededor. En vez de ensuciarlo por la foto con Trump, por qué no disfrutar sus últimos brillos, cuando ya todos intuimos con pena el “last dance” cada vez más cercano. Es casi un juego mafioso hacer de una foto protocolar un enemigo que da notoriedad fácil y trascendencia segura. Tampoco parece apropiado mezclarlo con la interna entre demócratas y republicanos en los Estados Unidos.

Un ruego futbolero final: dejen en paz a Maradona en su descanso definitivo y no jodan más a Messi. Respeten a uno y disfruten de los últimos recitales del otro.

Fuente: Clarín